Editorial: Por qué la propuesta de Feijóo es un golpe de estado
Viviendo en un país de escasa tradición democrática nos cuesta entender que “democracia” es mucho más que acudir a las urnas cada cierto tiempo. Mucho antes de que se popularizase el sufragio universal, un señor francés conocido como Montesquieu, dijo que la mejor manera de evitar la tiranía era dividir los distintos poderes del estado en tres ramas separadas y complementarias con el fin de evitar su concentración en unas solas manos. Estas tres ramas son conocidas como el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial. Asimismo, dijo también que el Legislativo no debe estar en manos de una sola persona, sino cuando menos, en manos de un parlamento lo más plural y representativo posible. El señor Feijóo, como presidente de la Xunta de Galicia, detenta poder ejecutivo, y como parlamentario una septuagesimoquinta (1/75) parte de poder Legislativo. Ambos cargos deberían ser, evidentemente, incompatibles. Promulgar una ley que varía el número de representantes en una cámara legislativa no es una decisión ejecutiva. Una decisión ejecutiva (digna de aplauso) es, por ejemplo, suprimir en la medida de lo posible los coches oficiales y fomentar el uso del tren, como hizo el señor Hollande en Francia. Una decisión ejecutiva (digna de escarnio) es utilizar el ejército para resolver conflictos laborales, como hizo el señor Pérez en la crisis de los controladores aéreos. Una decisión ejecutiva, en definitiva, no supone bajo ningún concepto un cambio en las reglas del juego. El señor Feijóo se aprovecha de una legislación pervertida por unas listas cerradas, unas disciplinas de voto y unas circunscripciones electorales que otorgan mayor valor al voto rural, que es tradicionalmente más conservador que el urbano. El señor Feijóo se aprovecha de una crisis económica brutal para introducir dicho cambio con la excusa (muy burda) del ahorro. El señor Feijóo se aprovecha de la injerencia patente y consentida del Ejecutivo sobre el Legislativo que existe solamente en este país y en dos o tres repúblicas bananeras donde la democracia es algo puramente “nominal”. El señor Feijóo se aprovecha de una mayoría obtenida en las urnas, y desde aquí nos permitimos recordarle que Hitler también obtuvo mayoría en las urnas. ¿Se imaginan al señor Hollande proponiendo un cambio similar en la Asamblea Francesa? Claro que no, los franceses, con toda seguridad, desempolvarían la guillotina y probablemente no se molestarían en afilar y quitar la herrumbre de la cuchilla. Más allá de la teoría democrática establecida, ¿figuraba este cambio en el programa electoral del señor Feijóo? Más allá de la vacuidad de las promesas electorales ¿puede ser suficiente una mayoría parlamentaria para realizar un cambio a nivel orgánico tan importante? En países con larga tradición democrática reformas de este calibre requieren al menos del consenso de dos tercios de la cámara o cámaras, o bien un referéndum popular. Nuestra Constitución, en cambio, sólo requiere de la mitad más uno de los votos de la cámara. Y es que nuestra Constitución fue parida por ministros franquistas. Necesitamos cambios profundos en éste país, cambios que nos lleven por el camino de la democracia plena, pero el que propone el señor Feijóo no es uno de ellos.
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